La historia de Camila Gallardo Flores y cómo su paso por la Escuela de Talentos Andacollinos profundizó su mirada sobre las cosas que importan.

Hace cerca de diez años, en una presentación en Andacollo, la directora de la Escuela de Talentos, Andrea Campusano, la escuchó por primera vez. Sorprendida por su talento, no dudó en convocarla para formar parte del equipo como monitora del taller de canto. Camila Gallardo Flores, entonces en plena formación académica, aceptó con entusiasmo. Fue ese gesto —simple pero profundo— el que dio inicio a una maravillosa historia en la que se entreteje el arte, la vocación, el talento y la comunidad.
Y es que Camila no llegó a la Escuela de Talentos como una figura consagrada, sino como una joven artista que comenzaba a entender que el arte no es un monólogo, sino una conversación que empieza con otros y, si se tiene suerte, se convierte en legado.
“La conocí cuando nuestra Escuela recién comenzaba, Camila era una andacollina llena de sueños y de un talento fuera de lo común -recuerda Andrea Campusano-. Por aquellos años nosotros ya la veíamos muy lejos de Andacollo, su talento no la retendría demasiado tiempo en un mismo lugar”.
Y así fue…
Desde Andacollo al mundo
La vida de Camila Gallardo comenzó en Andacollo, entre los cerros y la alegre música de la iglesia de la que era parte. Su familia la acompañó desde siempre en su vocación, alimentada por el amor de su madre a la ópera y la flauta traversa. Desde los ocho años, su conexión con la música se volvió más formal al ingresar a la Banda Municipal bajo la tutela del profesor Mario Cifuentes, donde aprendió flauta y clarinete.
Luego vendrían los años de formación en La Serena. En el liceo Gabriela Mistral vivió su primera experiencia vocal profunda: cantar el Requiem de Mozart. Más tarde, intentó especializarse en flauta traversa en la Universidad de La Serena, pero el destino la llevó al canto lírico, guiada por su primer maestro Gonzalo Tomckowiack.
Fue cerca de esos primeros años de formación que Camila y Andrea Campusano se conocieron.
“Sentí inmediatamente que necesitábamos a Camila para dar energía a ese espacio que se estaba recién iniciando”, nos dice Andrea. “Necesitábamos de esa genia que, además, tenía un profundo lado humano. Fue un complemento maravilloso, el inicio de una relación que aún perdura.”
Pronto los concursos y las becas comenzaron a llegar. A los 23 años, Camila fue becada por la fundación de los Amigos del Teatro Municipal de Santiago, lo que que permitió que interactuara con artistas de gran nivel. Poco después probó suerte en España para luego volver a Chile donde realizó un máster en interpretación musical en la Universidad de Chile.

Pero fue la beca de la Fundación Ibáñez Atkinson la que dio un giro a su vida: Gracias a ella, Camila partió a Italia, a la Belcanto Academy en Trentino Alto Adige. Allí afinó su técnica y amplió su visión. El verdadero salto llegó cuando fue seleccionada entre más de 150 sopranos para un contrato en el Teatro del Maggio Musicale Fiorentino, donde trabajó diez meses. El 5 de junio de este año, recibió el reconocimiento que todo artista sueña: un contrato vitalicio como corista estable.
Volver para abrir caminos
Pero lo que convierte a Camila en algo más que una soprano de éxito es su mirada hacia el origen. De visita en Andacollo, compartió reflexiones que revelan una ética profundamente arraigada: "Siempre me gustó el sentido de comunidad y eso en la Escuela de Talentos se plasmaba en cada rincón".
Ese vínculo con la Escuela de Talentos no fue anecdótico, sino el germen de una convicción. Enseñar en ese espacio le mostró que el arte no pertenece solo a los grandes teatros, sino que debe ser un derecho compartido: “Creo firmemente que el arte es un derecho, un derecho al que no todos tienen acceso. La Escuela de Talentos es una vía para acceder a ese derecho”.
Camila descubrió que el canto podía ser una herramienta de transformación social. Sus estudiantes la sorprendían cantando en francés y latín, exploraban repertorios complejos y lo hacían desde una pequeña ciudad alejada de los principales circuitos artísticos. "Me marcó mucho trabajar con niños y niñas, ver el enorme potencial que tenían, un potencial que crecía día a día".
Recuerda con especial cariño un concierto de Navidad en la Catedral de La Serena, donde niños y niñas de la Escuela de Talentos compartieron escenario con agrupaciones reconocidas a nivel nacional: “Estaba maravillada”, dice con una emoción aún fresca.

Andrea Campusano vuelve a esos años con cariño y nostalgia: “A Camila yo le decía: tú sabes que llegarás muy lejos, por lo que ahora, aquí en Andacollo, debemos aprovechar tu talento”.
Hablamos del tiempo en que Camila se hizo cargo del taller de canto de la Escuela de Talentos, al tiempo que se organizaban conciertos y presentaciones junto con la Unión Comunal de la Cultura. “Todos los recursos que ella recibió como retribución en aquel momento” -Recuerda Andra-, Camila los invertía para sus estudios. Agregando que “con ella se dio una hermandad natural, una sororidad que salía a la luz en los momentos importantes. Cuando la conoci supe del valor y la fortaleza de ese compromiso. El tiempo habló por sí solo, hoy Camila vive en italia y para nosotros es un orgullo poder seguir su carrera desde la que fue su casa”.
El arte como tejido humano
Camila no se limita a hablar de su futuro como carrera individual. Lo piensa en términos de entrega: fundaciones, trabajos en poblaciones vulnerables, un regreso eventual a Chile. Su pasado como educadora lo confirma: trabajó en la Escuela Luis Cruz Martínez, en el Liceo Pedro Regalado Videla, en la Universidad de La Serena y en colegios de Santiago donde las condiciones eran adversas pero la humanidad inmensa.
“La Escuela de Talentos cumple el rol de hacer comunidad teniendo al ser humano como centro”, resume. Y en esa frase se condensa toda su ética: el arte no es un lujo, es una forma de construir mundo. Desde Andacollo al corazón de Italia, lo que se proyecta es mucho más que una voz. Es una red de memorias, aprendizajes y vínculos que siguen resonando.

Camila canta, sí. Pero en cada nota habita una raíz, una promesa, un mensaje: que el arte es un derecho, y que su verdadera grandeza está en multiplicarse entre quienes menos han podido imaginarlo.
Y Andrea ve a Camila como un espejo, un símbolo que la Escuela de Talentos está obligada a potenciar, pero sobre todo a reproducir en el trabajo de otros que, como ella, se atrevieron a soñar.
“Hoy en nuestra escuela hay personas con una potencialidad equivalente -termina diciendo Andrea Campusano- nuestro deber es acompañarlos y hacer todo lo posible para que sus anhelos, como los de Camila, se cumplan.
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