
El pasado jueves la Agrupación Artístico-Cultural El Maray, la comunidad de la Escuela de Talentos Andacollinos y la organización del Cantar Vecinal sufrieron una pérdida irreparable; el destacado músico y tallerista Norman Rodrigo Ponce Antiquera partió repentinamente dejando tras de sí una huella de compromiso, cariño y respeto que no desaparecerá fácilmente.
Norman se acercó a estas agrupaciones con su talento bajo el brazo, lleno de entusiasmo y una sonrisa en el rostro. Desde el primer día, resultó claro que estábamos frente a alguien especial: una persona generosa, siempre dispuesta a compartir lo que sabía, a escuchar, a tender una mano, a proponer ideas; a sumar.
En tal sentido cabe destacar su participación en el Cantar Vecinal; El Festival de los Barrios, donde muchos recordarán su buena disposición para apoyar la presentación de los participantes, en especial su paciencia y empatía con adultos mayores y niños.
Músico de corazón y baterista de formación, Norman amaba enseñar, lo que se evidenció en su rol de tallerista de la Escuela de Talentos. Le apasionaba ver a otros aprender y crecer. Tenía una vocación genuina que no necesitaba aplausos ni reconocimientos. Para él, la verdadera recompensa estaba en ver a sus estudiantes disfrutar la música, conectar con un ritmo, descubrir un instrumento, atreverse a expresar lo que sentían.
Pero Norman no solo enseñaba música. Enseñaba algo más profundo: el valor de hacer comunidad.
Con gestos simples, con palabras sinceras y su ejemplo, Norman nos mostró la importancia de estar presentes para el otro. Nos dijo que enseñar también es aprender juntos, construir juntos, apoyarnos mutuamente, ayudando a fortalecer nuestras organizaciones, no solo desde lo artístico, sino también desde lo humano.
Su buena disopsición, sus ideas, sus consejos y su visión del trabajo colectivo marcaron a quienes tuvimos la suerte de compartir con él, y es que cuando alguien entrega tanta dedicación y tanta humanidad, su pérdida deja un vacío difícil de llenar. Pero también deja una semilla, una semila que seguirá creciendo en cada ensayo, en cada canción, en cada taller donde recordemos su entusiasmo y sus consejos.
Hoy lo despedimos con dolor, pero también con gratitud. Gracias, Norman, por habernos regalado tu tiempo, tu conocimiento y tu música. Gracias por creer en esta agrupación, por confiar en nosotros, por enseñarnos que siempre se puede hacer más y mejor cuando se trabaja con amor.
A su familia y amigos, les enviamos nuestro abrazo más sincero y fraterno, esperando que encuentren consuelo en saber que Norman fue profundamente querido, admirado y respetado. Su legado vive y vivirá en cada uno de nosotros y seguirá resonando por siempre como la música que marcó su vida.
